---REFLEXIONES DOMINICALES----

DOMINGO 25 T. ORDINARIO

El amor supera la justicia

La justicia de Dios no camina por los senderos de la justicia humana sino que trasciende y va mucho más allá. La justicia divina no usa los barómetros de una política económica muchas veces deshumanizante y mercantilista. El ''tanto vales cuanto produces'' no vale para Dios. El sentido materialista y egoísta de la economía humana no la encontramos en la economía de Dios. Dios, según nuestros criterios humanos, sería el peor Ministro de Economía para nuestra nación, una nación de patronos y obreros pero no de hermanos. Dios no es un economista, ni un legislador. Dios no es un patrón ni un empresario que contrata obreros y paga las horas trabajadas o la obra realizada. Dios no mira ni considera al hombre como una mera máquina productiva. Es un Dios que sale en busca del hombre. Es un Dios que mira, sonríe, ama e invita al hombre a trabajar en su viña. Es un Dios que mira el corazón del hombre más que sus manos. Es un Dios que juzga y valora, por encima de todo, la buena voluntad y el deseo sincero de trabajar y colaborar en su obra.
Por eso, el salario ofrecido y recibido nunca será fruto de la exigencia del hombre sino de la generosidad de Dios, nunca será fruto de un derecho adquirido del hombre sino de la bondad de Dios, nunca será un derecho de la justicia humana sino del amor gratuito y generoso de Dios.
Dios, el dueño de la viña, no es un economista, un legislador, un empresario, un patrón. ¡Qué suerte tenemos algunos! Dios es nuestro Padre y nosotros no somos sus empleados, sino sus hijos. Y es nuestro Padre el que nos llama y nos invita y espera la generosidad de nuestra respuesta en el momento que él nos llama.
Si te consideras entre los llamados a primera hora, no te olvides que eres hijo y hermano. No reniegues y protestes de la generosidad, de la bondad, del amor de tu padre para con tus hermanos. Deberías de sentirte feliz y agradecido porque Dios, tu padre, se ha fijado en ti y te ha llamado antes que a tus hermanos.
Piensa por un momento. Sólo el que ama de verdad recibe con alegría el regalo de Dios y goza cuando su hermano recibe el mismo regalo de Dios.  


P. JAVIER BALDA, CM